Helados y la felicidad

Eran como las tres de la tarde y en aquel día, el sol irradiaba su luminosidad a plenitud. La calor en el aire se hacía intensa, a punto de dificultar mi respiración. Había algunas nubes en el cielo, mas mis rezos fueron en vano, ya que en ningún punto cercano se divisaba alguna de sus sombras proyectadas. 

Era sábado y como era costumbre, escapando del mundo, salí a caminar un largo trayecto bajo la inclemencia de un sol que carecía de bondad para los caminantes. ¿Qué se hace cuando uno anda por un desierto? Solo queda seguir o morir. 

Los dioses nunca abandonan a sus ingenuos fieles. En el horizonte se divisaba una sucursal del paraiso en este infierno inclemente. Una heladería a menos de 30 metros. Aquel camino se hizo eterno con el sol besándome el rostro y el pensamiento a helado ya había tomado posesión de mi ser. 29 metros. 

Dos pasos más, 28 metros, y así mi percepción hacía que el espacio se extendiera aún más... 

Veinte metros y la frescura de aquel local ya se sentía en el aire. Aquella humedad, que solo el aire frío sabe proporcionar, besaba mi rostro sin permiso, y yo... yo quería más.

No todo en el paraiso es placer. También se tiene algo de burocracía. Había dos filas, 5 personas en la de la izquierda y 4 en la de la derecha sin contar a los niños. Haciendo cálculos con el conocimiento precario que tengo de los infantes, me posicioné en la derecha ya que en esa fila solo había 2 menores pensando "2 menores en la derecha y 3 menores en la izquierda. Los niños no saben decidir rápido así que algunas veces la decisión es de los padres, a no ser que tengamos algunos denomios berrinchudos haciéndose pasar por niños. ¡Que los dioses me liberen de esta agonía!".

Tuve razón por un corto periodo; en la fila de la derecha, en este instante, yo sería el 4 en ser atendido. En la fila en la que estoy, soy el segundo así que solo queda esperar.

–¿Cuál compro? –murmuró la joven que estaba delante mío –. Aquel de coco se ve muy bueno... ni hablar del sabor de capuccino –yo ya había abandonado toda esperanza de ser atendido mientras meditaba en el dilema de la joven "¿coco o capuccino?". La verdad sí que era una difícil decisión –. ¿Será que el de capuccino es mejor?

–¿Cuál es más rico? ¿Cuál es mejor? - preguntó ella al vendedor que tenía adelante mientras señalaba los contenedores. El vendedor solo se le quedó viendo. En mis adentros surgía algunos pensamientos distorsionados como Supongamos que soy padre y me dieran a elegir entre uno de mis hijos ¿Para Ud. quién es el más inteligente? ¿Será el mayor o el menor? Hacerse esas preguntas conlleva a una respuesta irrespetuosa "¿Cuál es el mejor?" conlleva a definir "¿Cuál es el peor?". 
Me causaba morbo pensar en la respuesta que daría el vendedor diciendo «el mejor es tal sabor» y yo asumiría que el otro sabor es el peor. Pero para descontento de la joven, el vendedor permaneció en un silencio sepulcral. Al parecer no había entendido la pregunta o fácil si la ententió y no quiso ponerse una soga al cuello.

En la fila de la izquierda había nuevas personas haciendo fila, por lo que la decisión que tomé fue la incorrecta. Pensé ¡dioses del inframundo porque me han abandonado!

–¿Cual será ...? –dijo la joven. Tuve que intervenir, sino este suplicio no tendría fin. 

–Disculpa amiga ¿Qué tal? – dije. Ella se volteó en mi dirección y yo solo sonreí abiertamente –. Déjame ayudarte. Podrías comprar los dos sabores y probarlos para saber cuál es el mejor, o siemplemente podrías comprar hoy el de... – Sus ojos se llenaron de una luz casi cegadora. Yo diría que ella estaba siendo poseída por una fuerza mayor conocida como esperanza, o simplemente, yo ya estaba sintiendo las consecuencias de una insolación grave. 

–¡Es verdad! - musitó alegremente girándose hacía en vendedor –. ¡Me da por favor uno de chocolate! –Pensé a gritos "¡chocolate!" y varias ideas vinieron hacía como ráfaga "¿Comer o no comer? mejor beber... ¿Oeste o este? mejor sur. que más da, fusilemos al sur y nos quedamos con el norte. ¿Ser o no ser? pensar". Aunque de este último podría resultar en un análisis bastante glamoroso al paladar exigente de un sofista. ¿Coco o capuccino? mejor chocolate.  

Antes de ella irse, me dió las gracias conjuntamente con una sonrisa que solo los dioses caídos encontrarían placer en la inonencia de esa joven. Pues yo creo, que su sonrisa me fue dedicada con algo de sorna por la ayuda o interrupción que le había brindado. En mi mente se dibujaba la imagen de ella diciendo "¡Gracías por la ayuda, metiche!" mientras me sacaba la lengua... 

–Amigo –saludó el vendedor regresándome a este mundo cruel –. ¿Qué vas a querer?

Lo más triste es que esa joven ya me había metido en el sendero de las dudas. ¿Sería de Coco o de capuccino?

–¡Una de Coco y la otra de capuchino! –respondí lleno de tristeza ya que la duda había hechado sus raíces en mi ser al no saber cuál sabor escoger –. Uno más de chocolate, por favor.

Aquella tarde, una lágrima besó mi mejilla y en mi mente, estaba ella burlándose de mí diciendo "¿Coco o capuccino? ¡Cholocate!".

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Un helado que fue y nunca será

Los ángeles rozando las montañas

La belleza en la incertidumbre