Un helado que fue y nunca será

Ese día tenía como fecha un 25 de junio del 2024, una fecha en donde aflora la tristeza y es como una daga que cercena mi pobre alma. 

Fue un día difícil, no por su naturaleza, sino por lo que esa fecha representaba para mí. Normalmente, todos los 25 de junio solía hacer una lamada telefónica a mi hogar para felicitar a mi padre por su cumpleaños. En esas llamadas, hablabamos del como él estaba y de lo que haría en ese su gran día. Pero mi padre era una persona muy simple. Él estaría recostado en su cama escuchando las noticias, y entre sus manos, algún libro o diario que lo mantuviese actualizado y/o entretenido. Y ahora es triste saber, que hace más de 5 años que ya no constesta mis llamadas. 

Esa noche en la cena tuve una charla bastante interesante con alguién poco conocido. Hablamos sobre la vida, los hijos, los sueños, la sociedad y la felicidad; conceptos vastos que pueden desarmar cualquier persona. Todo ello me puso algo suceptible y, recordé que alguna vez fui llamado de hijo y que hace mucho tiempo tenía a alguién a quien podía llamar de padre. 

Levanté la mirada hacía cielo, mas donde me encontraba no daba para ser libre. Las grandes y frondosas copas de aquellos altos árboles me impedían realizar tal hazaña.  

Acabada la cena aun era temprano, así que decidí dar una caminata en búsqueda de un helado. Mientras caminaba, pensaba en la bondad de mi padre, en aquel rostro amable y serio con un ceño fruncido. Aquel hombre, de cabellera azabache que en los últimos años estaba siendo invadido por hilos de plata, 
Pensaba en aquella sonrisa suya... 

Es interesante saber que uno puede sentir tristeza de eventos llenos de felicidad. Me siento feliz de lo que compartí con mi padre y triste, porque ya no habrá más. 

Ahora, soy una persona feliz y triste a la vez porque sé lo que es la felicidad. En pocas palabras: ahora soy un ente feliz porque viví momentos de felicidad con él, pero también, ahora, soy un ente triste porque sé que esos momentos vividos no se repetirán.

Llegué a mi destino, que me era desconocido, y compré unos de los mejores helados. Pero cuando lo saqué de su empaque, éste se deshizo y más de las tres cuartas partes de él fueron a dar al suelo. Por el clima, el helado había perdido consistencia y dureza. ¡Créanme o no! todo esto lo ví en camara lenta. El tiempo se ralentizó y la gravedad se incrementó. El helado se deshizo y caía, mientras yo perdía la esperanza por la vida. Ahí caía partes de lo que yo conocía por felicidad. 

Recogí con un papel lo que había caído y lo deposité en un bote de basura que había ahí cerca (por suerte, a medio metro mío). Recogí lo que para mí era la felicidad y lo deposité en un bote de basura. Fue algo inaudito, algo descabellado, algo anormal pero así debía ser realizado. 

Lo poco que quedó lo disfruté en silencio sepulcral. A pesar de todo, el helado valía su precio. Lo poco que pude saborear era bueno... muy bueno. Pensé: "Quizás el comerlo todo habría hecho que alcanzara el hartazgo, y los dioses nórdicos decidieron darme el regalo del concepto de la poquedad y la brevedad de las cosas. Que la felicidad y los venenos vienen en frascos pequeños."

Ese día, aquel helado perdido fue un regalo... que nunca será olvidado.

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