Los ángeles rozando las montañas
Hoy el cielo, de esta mega-cuidad, se vistió de gris melancólico... El clima está más calmo; donde muchos dirían que la cuidad de las garúas está triste, yo diría que está amena y ya sanó de sus heridas, ya que no hay atisvo de calor ni de frío, mas se vislumbra aquel grís de melancolía y de tristeza a por doquier.
Levanté mi mirada a aquel espejo opaco que todos llaman de bóveda celestse, y vi destellos, haces de luces que son mis recuerdos. Recordé las tranquilas tierras del valle sagrado en donde nací, Urubamba. Recordé sus acequias recorriendo sus grandes campos verdess y sus montañas, llenas de vida, todas alegres.
En verano esos campos de llenaban de plantas de maiz donde relucía el triste dorado de sus panojas. Los árboles de capulíes estaban en el auge de su vida y, los frutales no tenían nada que envidiar a los capulíes.
Tengo recuerdos, de mi niñez, donde en la esquina de mi casa nacía una acequía que se dirigía hacía el oeste. Las calles en aquella epoca eran de tierra con algunas manchas verdes del pobre gramado que quería sobrevivir a los pasos de los infractuosos caminantes. A mí me gustaba permanecer ahí ensimismado escuchando el agua correr... A veces, amarrabamos un carro de juguete a una cuerda y jalabamos de ella recorriendo por la rivera de esta acequia. Yo quería creer que era un carro que recorría los caminos ondulantes de la rivera de un gran rio. Otras veces, lanzabamos hojas de eucalipto al agua creyendo que eran barcos mercantes siendo arrastrados por la fuerte corriente de un río despiadado, barcos, a los cuales, seguíamos de cerca por muchas horas hasta el atardecer.
Por aquellos años, tenía una costumbre de ir hacia el "tanta-marca", una montaña pequeña que costaba llegar a su cima alrededor de unos 60 minutos caminando desde el centro de la pequeña cuidad de Urubamba. El camino aún sigue siendo algo enpinado, mas vale la pena tal sacrificio para sentir la libertad.
Arriba uno puede sentir la brisa y a los pocos, sentir el fuerte viento que tienen que enfrentar los cóndores y las aves del lugar. La imagen presentada ahí, es de un verde en diferentes tonalidades donde la naturaleza es el principal atractivo. A los lejos, uno puede divisar a las montañas más altas usando un sombrero de color blanco tan característico, el apu Chicón y el apu Pumahuanca son dos grandes señores que brindan su sangre por el bien de aquel pueblo.
No sé el porqué que escogí aquel lugar para nacer. A vecess creo que fue por la naturaleza, toda verde; o la templeza de su clima. Quizás fue por la belleza de sus montañas y el sonido de sus ríos recorriendo sus caminos. No lo sé o quizás lo sé, mas no estoy muy seguro de ello.
El tiempo pasó y me fuí de allí... Hoy que el cielo, aquí, está todo grís; pienso en mi cuidad natal con una saudade (nostalgía) casi mortal.
De alguna manera inusual, creo que las montañas hacen de las personas, seres llenos de bondad. Quizás sea aquel abrazo frío al despertar, aquel beso tibio al mediodía, y aquella promesa de la brisa, al anochecer; haciendo la promesa de que mañana la vida será más tranquila. Tal promesa brinda a sus moradores algo que podría llamarse de una tenue esperanza. En resumen, allá arriba conocí a varíos ángeles que vivián y rozaban las montañas... y que luego, tristemente, abanadonaron sus lugares de procesión para descender a las cuidades del abajo. Cuidades en donde todos ellos perdieron sus alas y conocieron el infierno de la representación de lo deshumano.
¿Quizás esté equivocado...?, pero con el tiempo comprendí que todo ha de corronperse...
Comentarios