El amor se paga con la libertad.

No puedo creer que su sonrisa es lo que mi ser clama y ansía; al ser consciente de que puedo coincidir, en tiempo y espacio, con ella; en algun lugar de este mundo cruel y funesto. 

Que ahora tengo el alma a medias. Que la veo y le da nacimiento a aquel frío malestar, por encima del abdomen, que arde sin saber cuando todo esto acabará. 

Que su sonrisa es mi droga. Que al verla me da aquel subidón de dopamina, y al irse me deja con una resaca que le resta minutos (de vida) a mi ser. 

Que al verla ya sé que mi día ira de maravillas. Que por verla sé que mi vida un día acabará y que ver su sonrisa hace que esta vida ya valga la pena. Que el saber de ella, me llena de dolor y de amor, mas me drena la vida; una vida que ella misma cura y lastima.  

La primera vez que la vi, fue en una tarde de un agosto del 2022. No recuerdo bien aquel día, más quiero creer que ese día era el más claro de aquel mes, con un sol radiante y las más blancas nubes haciendo alarde de que aquel día sería un regalo de los más perfectos paisajes. 

Aquel instante el ambiente se llenaba de olor a café. 

Subí la gradas hacia el segundo piso, dí unos pasos girando a la izquierda en cuarta luna y luego a la derecha para cruzar aquel pórtico de cristal translúcido. ¡Quién iba a pensar que ese día iba a cruzar la puerta que va a dar hacía lo celestial!.

Unos cuantos pasos adelante y ella se volteó hacía mí. En mi mano, yo con una taza vacía que pronto pediría que la llenaran con café. Ella con un copo de plástico que supongo que estaba lleno de té. Ella al verme sonrió y yo sin saber que hacer, correspondí su sonrisa con la mía. 

No creo que haya sido un intercambio justo. Una sonrisa suya a cambio de una sonrisa mía. Era como cambiar los más perfectos diamantes por unos cuantos peniques ¡Malditos los dioses egipcios que debieron ser más cuidadosos al hacerla presente en mi vida!

Su sonrisa era fulminante, llena de vida, de un fuego mortal que da calor y que no quema ni lastima. Llena de sensualidad y de ternura; y tengo más de mil adjetivos, mas que no podrían describir aquel evento a la perfeción. Ninguna palabra llegarían ni de cerca a describir con una vasta fidelidad lo que pasó.

Mi cerebro decía "démosle paso, dirijámosno a la izquierda" y sentí que no había necesidad ya que sería envano. Era como si supiera que ella también se dirigiría a la izquierda. Mi cerebro volvía a opinar "démosle paso, dirijámosno a la derecha", una vez más supe de inmediato que sería envano. 

Ella sin saber que hacer, volvió a sonreir y yo todo estático; mi mundo se ponía de patitas al revés. Solo me quedó saludarla y señalarle, con la mano, el camino que ella debía seguir. 

Fueron unos segundos más en mi mundo, fue una vida vivida. Fue el nacimiento de un sentimiento celestial, mas que tarde o temprano, yo debería pagar el precio por exprimirle tantita felicidad a este mundo que lo carecía. Fuí Prometeo robándome el fuego.

Aquel instante pude conocer lo que es un dios muerto, conocí la felicidad absoluta de lo que significa la total libertad. Conocí la majestuosidad de lo que es el libre albedrío y microsegundos después quise estar, de lo que me resta de vida, atado a su lado. 

Que los dioses antiguos me enviaron a un ángel
para conocer la total libertad de un cielo celestial;
y el precio a pagar es vivir atado a un amor vanal. 

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